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Colombia: la guerra de los otros

Por otra parte, la guerra tiene un marcado impacto de clase. Las víctimas mortales son en su inmensa mayoría hombres y mujeres de escasos recursos, que perdieron su vida como combatientes en las confrontaciones armadas o como víctimas de las acciones desplegadas por los actores armados sobre la población civil inerme, que ha puesto cerca de 81,5% de los muertos que ha dejado el conflicto. Las víctimas son en gran número personas humildes y anónimas, que no fueron noticia, que no causaron conmoción ni indignación al país, porque no portaban el rango o el estatus de los personajes que logran movilizar a los medios, a la clase política o a la justicia. Se puede decir que, lastimosamente, las víctimas les han dolido a sus familias, allegados y comunidades, pero no al país. Al respecto, resulta muy ilustrativo que el cese del fuego bilateral pactado entre el gobierno y las farc, que logró reducir significativamente la violencia política y disminuir el número de víctimas a su mínima expresión, no fuera suficiente motivo para respaldar el acuerdo y de esta manera sostener el cese de hostilidades. Esta realidad llevó a muchas organizaciones de derechos humanos y de víctimas a afirmar que a una gran parte de la sociedad, y en especial a las elites colombianas, no les interesa parar una guerra en la que ellos no ponen los muertos. En ese mismo sentido, se afirmó en distintas voces y por diversos medios que «es muy fácil seguir en una guerra que se hace con hijos ajenos».

Los discursos que justifican la guerra

Ahora bien, en muchos casos, las víctimas no solo no han importado, sino que su muerte y persecución son toleradas y justificadas, gracias a la estigmatización de la que han sido objeto por cuenta de los actores armados y de sus financiadores, quienes se han encargado de señalarlas como colaboradores y cómplices de las guerrillas, como transgresores, anormales e indeseables. Así, ha cundido la respuesta facilista y culpabilizadora de la sociedad, del «por algo será» o «el que nada debe nada teme». Los crímenes son leídos, en muchas ocasiones, como «males necesarios» para mantener un ideal de orden y de progreso social.

A esta «distancia» que la sociedad establece con las víctimas, que se traduce en indolencia y falta de solidaridad, se agrega el enorme desconocimiento que muchos colombianos tienen sobre los orígenes, las causas y las dinámicas de la guerra, desconocimiento explicado por la ausencia de una enseñanza rigurosa de la historia de nuestro país, pero sobre todo por la tergiversación que se ha hecho del conflicto armado en Colombia, especialmente a través de la manipulación mediática.

Por muchos años, a través de los medios de comunicación, se ha construido la idea de que las desgracias de nuestro país se deben a un único actor: las guerrillas. Desde esta perspectiva, ellas son la causa de la pobreza, de la falta de crecimiento, de la inseguridad, del desprestigio del país y del narcotráfico. Este discurso desconoce e incluso oculta el hecho de que, si bien es verdad que las guerrillas son responsables en buena medida de los males que aquejan a Colombia, también es cierto que no han sido las únicas y que incluso su existencia puede ser interpretada como la expresión o la consecuencia de estos problemas nacionales. Cuando las guerrillas son construidas en el imaginario social como la principal causa de la violencia, se logra invisibilizar y exculpar a otros actores armados y no armados que han promovido la guerra para obtener poder político y económico, o para mantener órdenes sociales afines a sus ideologías e intereses.

La construcción de las guerrillas, y particularmente de las farc, como el «chivo expiatorio» ha permitido deshumanizar a sus miembros, desconocer su origen y sus transformaciones, concebirlos como expresiones del mal y hacerlos así depositarios del rechazo y merecedores del odio social. Esto en parte podría explicar la oposición de miles de colombianos a negociar con «terroristas», su negación a hacerlos beneficiarios de algún tipo de concesión penal, de integrarlos a la vida social y más aún de permitirles participar en política.

De la construcción de las farc como chivo expiatorio da cuenta el reclamo de miles de promotores y votantes del «No» que exigen que caiga todo el peso de la ley contra los guerrilleros, pero que se muestran benévolos e incluso no mencionan la necesidad de castigo a otros actores armados y a personas o agrupaciones que han fungido como sus promotores, cómplices y aliados y que han incurrido en graves violaciones a los derechos humanos.

Frente a esta postura de parte de la sociedad colombiana, surgió la pregunta sobre qué hace posible que las víctimas, quienes han sufrido de manera directa la guerra y han padecido sus rigores, estén más dispuestas a perdonar que la sociedad no victimizada. A este respecto, familiares de víctimas reaccionaron decepcionadas e indignadas frente a los resultados del plebiscito y cuestionaron el contraste entre su capacidad de perdón y su disposición a la reconciliación, y el odio y el resentimiento promovidos por políticos, ciudadanos e incluso por religiosos.

Acostumbrados y resignados a la guerra

La distancia de la sociedad frente a las víctimas no se expresa solamente en quienes votaron por el «No», pues con seguridad está también presente en quienes se abstuvieron de votar, los que pueden ser nombrados como los «indiferentes» o «escépticos» frente a la negociación y al fin de la confrontación armada, que para estas elecciones fueron más de 30 millones de personas. En este caso, esta distancia puede ser leída como el resultado de la naturalización de la guerra debido a su larga duración.

Los más de 50 años de duración del conflicto armado han instalado una suerte de normalización de la existencia de actos violentos y de víctimas. La guerra forma parte de la vida cotidiana de por lo menos tres generaciones que nacieron y crecieron en medio de sus dinámicas. Las noticias sobre los asesinatos, los secuestros, las desapariciones y en general sobre los actos violentos son parte del diario vivir de los colombianos, que suelen asumirlos como hechos normales e inmodificables. Las frases «siempre ha sido así», «nada va a cambiar y si cambia será para empeorar», muy escuchadas en el país, expresan una postura resignada, desesperanzada y de impotencia, que suele incidir de manera poderosa en la inmovilización, la indolencia y la apatía.