Tema central

Chile: economía política del desgaste

La izquierda que participó de los gobiernos de la transición tuvo un desempeño clave en la generación de un contexto de desmovilización social, ya que su estrategia para la democratización del país se orientaba a dar garantías de que las transformaciones se harían sin tensiones ni rupturas y a través de consensos persuasivos. Y esa situación le imponía la tarea –que cumplió con éxito– de resolver las demandas sociales y, a la vez, tener peso electoral para responder a las expectativas. Sin embargo, no pudo resolver los nudos políticos que se iban configurando en torno de tres temas: el sistema democrático de corte autoritario y restringido, que debía limitarse a administrar; las demandas por una sociedad más abierta y plural, que chocaban con los valores conservadores de sus aliados, de la Iglesia católica y de los grupos empresariales; y las grandes desigualdades que se configuraban en torno de los ingresos, los territorios y el acceso a la educación y la salud.

Desde esta perspectiva, la izquierda en el gobierno no fue crítica del modelo económico extractivista y la hegemonía de los mercados, lo que reducía la relevancia de la política y el Estado, terreno donde la izquierda debía bregar por cumplir sus promesas de protección social y emancipación. Esta postura acrítica pudo haberse originado en la etapa de renovación de la izquierda exiliada en Europa, donde se vivía el «thatcherismo con rostro humano»5, ligado a la liberalización del laborismo, que fue precedida por la destrucción de los sindicatos en toda la década de 1980, y a François Mitterrand, quien en 1983 abrazó la política monetaria ortodoxa6. El punto es que la izquierda chilena en el gobierno se vio tensionada por el debate entre «autocomplacientes» y «flagelantes», que cruzó a toda la coalición política desde 1997 en adelante. Ese debate se mantuvo abierto hasta 2009, cuando estalló la crisis de representación política del proyecto de izquierda en el seno del ps.

Sería finalmente la imposición del candidato Eduardo Frei en la Concertación la culminación del proceso de elitización de la política en ese conglomerado; en esa oportunidad, unos pocos dirigentes decidieron la designación del candidato presidencial ignorando los procesos participativos que pedían los militantes y la desconfianza ciudadana que se originaba en las promesas incumplidas de los programas de gobierno. Esto ya tenía como antecedente el malestar social por el transporte público y la salud, la protesta estudiantil de 2006 y los diversos informes del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud) sobre el malestar ciudadano, el uso y abuso del poder y la forma de hacer las cosas, que alertaban acerca de los cambios que estaban produciéndose en la sociedad. Fue en la elección presidencial de fines de 2009 cuando la hegemonía liberal en la dirección de la izquierda fue puesta en cuestión. Tres dirigentes levantaron sus candidaturas presidenciales por fuera del ps: Jorge Arrate, ex-presidente del partido y ex-ministro, que compitió en alianza con el pc y obtuvo 6,2% de los votos; el ex-diputado Marco Enriquez-Ominami, que consiguió 20,1% de los sufragios; y el senador Alejandro Navarro, que desistió de participar pero conformó un nuevo partido.

Resultó sintomático que el diagnóstico y el programa de Frei fueran similares a los de los otros dos candidatos, en tanto reconocían la desigualdad social, los déficits democráticos, la excesiva centralización del Estado y el excesivo presidencialismo. Esto implicaba definir una nueva Constitución «para el Bicentenario», que además asegurara formas de democracia participativa y directa. A esas alturas, la crisis de confianza ciudadana hacia los partidos y la política estaba extendida y ya se reclamaban nuevos liderazgos y no solo nuevos programas.

La derrota electoral de 2009 no llevó a un proceso de debate teórico y político, ni tampoco sirvió para hacer un balance en la izquierda. Más bien se operó pragmáticamente para generar las condiciones para que la ex-presidenta Michelle Bachelet, que le había entregado la banda presidencial al empresario de derecha Sebastián Piñera y tenía un alto grado de aceptación en las encuestas, retornara al gobierno. Por su parte, la ex-presidenta compartió el diagnóstico de que Chile llegaba al fin de un ciclo y requería de reformas políticas y económicas que permitieran mayores grados de igualdad y de ampliación de las libertades individuales, con un sistema democrático en forma. La selección de su equipo político y económico se realizó sin injerencia de los partidos –aunque guardando los equilibrios políticos– y con un programa al cual se sumaron diversos dirigentes entusiasmados con la posibilidad de regresar al gobierno. En la práctica, era un equipo políticamente reformista, pero que también desplazaba a la vieja guardia de la Concertación, apostando a un recambio generacional que llevara adelante el programa de gobierno.

Pero la suma de las partes no es lo mismo que el todo. El actual gobierno ha hecho aprobar una reforma tributaria, otra sobre la educación general y también una laboral. El diseño y la orientación de estas reformas han sido duramente criticados por partidarios y opositores, lo que generó un desgaste político en la coalición gobernante. No obstante, finalmente ha sido posible liquidar el sistema electoral binominal al que todos se habían amoldado y se ha aprobado el voto chileno en el exterior, al que la derecha le tuvo por dos décadas mucho pánico. Estas reformas políticas se dan en un contexto de acusaciones de corrupción y probablemente llegan demasiado tarde, con un sistema desgastado. Así lo comprueba el último informe del pnud sobre auditoría de la democracia, que demuestra que la ciudadanía tiene una actitud crítica clara frente al funcionamiento democrático y que demanda mecanismos de democracia directa (consultas y plebiscitos) y sanciones a los parlamentarios culpables de corrupción. El estudio muestra también un desapego radical hacia los partidos políticos y sus representantes, aunque hay acuerdo sobre la necesidad de un cambio de la Constitución y sobre que este sea plebiscitado.

Como puede apreciarse, hay un proceso de politización ciudadana que no está conectado con los partidos, lo que abre un espacio importante para la reconfiguración del sistema político. Ya no es el proceso constituyente como forma de ampliar el debate democrático sobre el régimen futuro el que puede lograrlo; sea porque fue convocado sin mucha convicción por el gobierno o porque las izquierdas no supieron aprovecharlo.

El resultado de las elecciones municipales del 23 de octubre dejó al desnudo el completo descrédito de los dirigentes políticos ante la ciudadanía, plasmado en una abstención de 65% –la mayor de la historia electoral del país–. Los que votaron castigaron a la centroizquierda gobernante, que perdió municipios emblemáticos y bajó tanto en cantidad de alcaldes elegidos como en votos. La gran sorpresa fue la victoria de Jorge Sharp (de 31 años) en el puerto de Valparaíso –la segunda ciudad más poblada de Chile–. Sostenido por un movimiento ciudadano progresista, el ex-líder estudiantil, abogado y dirigente del Movimiento Autonomista (de izquierda) derrotó al alcalde derechista y al candidato de Nueva Mayoría.

La situación ha quedado abierta para que el proceso de elecciones presidenciales de 2017 catalice nuevos ordenamientos de las alianzas, sea porque por fuera de Nueva Mayoría se articula una alternativa de gobierno que atraiga al electorado de izquierdas o porque la Democracia Cristiana levanta una candidatura presidencial que rompa el eje con el ps, que es lo que ha sustentado la coalición de centroizquierda con veto centrista a las reformas que impulsaba el gobierno de Bachelet. Esto obligará a la izquierda a profundizar sus propuestas de justicia social, democratización y ampliación de las libertades individuales, en contextos de agotamiento de un modelo neoliberal que no permite resolver las demandas de igualdad y mayor regulación estatal en la economía. Para ello se requerirán ideas y voluntad unitarias.

  • 5.

    Ernst Hillebrand: «La crisis de la socialdemocracia europea» en Nueva Sociedad No 261, 1-2/2016, disponible en www.nuso.org.

  • 6.

    Khatchik DerGhoughassian: «La izquierda después de la Guerra Fría» en Nueva Sociedad No 261, 1-2/2016, disponible en www.nuso.org.