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Chile: economía política del desgaste

Hoy, los movimientos sociales son débiles en cuanto a su capacidad de imponer soluciones, pero lo suficientemente fuertes como para marcar la agenda política. En este sentido, el movimiento más estructurado y politizado es el estudiantil universitario agrupado en la Confederación Nacional de Estudiantes de Chile (Confech) y, actualmente, el movimiento No+afp (No más administradoras de fondos de pensiones), que ha logrado organizar en julio, agosto y octubre de 2016 tres masivas marchas nacionales que sumaron más de un millón y medio de personas en todo el país para exigir un nuevo modelo de pensiones.

El movimiento estudiantil está cruzado por múltiples corrientes, aunque está particularmente influido por lo que fue la izquierda de los años 60 y su posición rupturista, que dio origen a una variada gama de grupos y colectivos izquierdistas que no logran confluir para conquistar una reforma educativa radical. Es socialmente plural, pero está marcado por dirigentes de clase media con tradiciones familiares en la lucha contra la dictadura pinochetista. No+afp es un movimiento policlasista, transgeneracional, que pone el foco en la demanda de terminar con el sistema de pensiones de capitalización individual para pasar a uno tripartito y con reparto solidario entre generaciones e ingresos. Políticamente no tiene expresión partidista, sus dirigentes tienen tradición de izquierda pero desconfían de los partidos.

En este contexto, una debilidad importante de los movimientos sociales es el estado del campo sindical. La dirigencia sindical tuvo un rol clave en el proceso de movilizaciones contra la dictadura a principios de los años 80, mediante la Coordinadora Nacional Sindical, y fue el eje en torno del cual se produjo la unidad del movimiento social plural reflejado en esos años en la Asamblea de la Civilidad. También impulsó la incorporación de los gremios en la lucha del plebiscito de 1988, que desembocó en la derrota de Augusto Pinochet. Se constituyó como Central Única de Trabajadores (cut) ese mismo año, retomando la tradición de 1953; sin embargo, en los años de la transición se debilitó su protagonismo, algunos de sus principales dirigentes migraron hacia el Parlamento y los otros se quedaron en forma vitalicia en la dirección. Durante las dos últimas décadas, la cut ha sido un organismo sin relevancia, financiado por los gobiernos de turno y alineado con los partidos de la coalición democrática, sin autonomía real del Estado ni gravitación en las dos reformas laborales del periodo. La expresión más fiel de su debilidad y falta de propuestas ha sido el proceso para elegir autoridades en agosto de este año, lleno de irregularidades, con voto indirecto y cómputos retrasados por días y poco fiables, que han puesto en crisis a la principal organización sindical del país. No es que la sindicalización sea alta en Chile, pero el rol jugado por el sindicalismo en los procesos de movilización social siempre ha sido gravitante por su simbolismo y por el lugar que ocupa en la economía. Pero mientras esta se ha transformado, el sindicalismo no logró renovarse en los nuevos escenarios.

Un caso aparte es el proceso de movilización que viene desarrollando el pueblo mapuche por el reconocimiento de sus derechos, que se ha visibilizado mediante acciones violentas contra las empresas forestales y «colonos chilenos», definidos como aquellos propietarios de las tierras indígenas ocupadas producto de la invasión militar de 1883 y luego por la usurpación y venta engañosa en los «juzgados de indios» que permitía la ley en el siglo xx. Es un movimiento que tiene la paradoja de ser una fuerza con creciente coordinación, pero atravesada por la fragmentación y por diversidad de proyectos políticos; esto lo vuelve muy diferente del movimiento de las décadas previas a 1990, cuando había una representación partidista que canalizaba las demandas hacia el sistema político.

Este contexto ha sido producido, en parte también, por las políticas de los partidos de izquierda hacia los movimientos sociales: en las organizaciones partidarias pareciera operar la lógica de «si somos menos, mejor para nosotros, los dirigentes». Por ello resulta necesario un análisis del estado de situación de la izquierda chilena actual. Una primera cuestión es que la izquierda ingresó en el periodo de transición con un ala de origen marxista y leninista –el Partido Comunista (pc), el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (mir) y un sector del Partido Socialista (ps), que conformaban el Movimiento Democrático Popular (mdp) y luego el Partido Amplio de Izquierda Socialista (pais)–, que había desarrollado la estrategia de confrontación radical con la dictadura –mediante la estrategia de la rebelión popular de masas– y la lucha por un gobierno provisional con Asamblea Constituyente. Pero esta estrategia, debilitada por diversos factores, se hace inviable luego del fracaso del atentado contra Pinochet en 1986 y la respuesta represiva que este desata. Así las cosas, la «izquierda renovada», que había leído la derrota de la Unidad Popular como el resultado de la falta de mayorías para el cambio y una escasa valoración de la democracia liberal, cobró un protagonismo clave sin tener grandes bases organizativas, pero sí importante influencia social gracias a su discurso y a sus relaciones con el centro político. Esta izquierda, tras la unificación del ps y la creación del Partido por la Democracia, permitió crear un cuadro político que posibilitó a la Democracia Cristiana tener una gravitación fundamental en la conducción del proceso, en principio como partido mayoritario y con posterioridad a 1997 como parte de una alianza de centroizquierda.

En otras palabras, la izquierda fuera de la Concertación4 fue irrelevante electoral y políticamente en este periodo. En los comicios de 2005, la coalición Juntos Podemos Más (pc, Partido Humanista y otros) alcanzó 5,4% de los votos. En virtud del sistema electoral binominal, tampoco tuvieron posibilidades de lograr representación parlamentaria. En este sentido, se evidencia que este sector de la izquierda no supo leer los fenómenos de transformación social y cultural de la sociedad chilena y, por lo tanto, asumió un discurso crítico agitativo de corto alcance, cuestión que se vio ratificada en las movilizaciones de 2011 y años siguientes, cuando la incidencia de esta izquierda va a ser muy limitada y luego casi inexistente.

  • 4.

    Partidos Comunista, Humanista y Ecologista-Verde.