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Brasil: la caída del PT y el ascenso conservador

Esas elecciones van a definir el escenario brasileño en los próximos dos años. La primera incógnita es qué sucederá con Lula hasta entonces. El ex-presidente tiene pendientes varios procesos instruidos por el juez Moro, pero hasta ahora no ha sido condenado en ninguno. Una posibilidad es que sea juzgado y se le aplique pena de cárcel, como a otros líderes petistas, lo que, por un lado, podría ser el desastre definitivo para el pt, pero por otro, podría levantar a la población en su defensa, ya que Lula todavía tienen un gran capital político. Cabe también la opción de que sea condenado en primera y segunda instancia y pierda sus derechos políticos y, por tanto, su capacidad para presentarse como candidato en 2018. En cualquier caso, el pt va a tener que pasar por un largo, extenuante y doloroso proceso de recomposición si no quiere convertirse en un partido más del espectro político. Dado el rumbo aceleradísimo de los acontecimientos, nadie es capaz de hacer previsiones ni siquiera a mediano plazo, incluso porque –recordemos– la operación «Lava Jato» continúa avanzando y cada vez que un nombre relevante va preso, se produce un cataclismo en el escenario político (el propio Eduardo Cunha, artífice del impeachment contra Rousseff, terminó destituido y detenido).

El gobierno de Temer tampoco lo tendrá fácil. Su base aliada es muy heterogénea e inconsistente. Temer no tiene verdadero liderazgo ni siquiera sobre su propio partido, el pmdb, que nunca fue una formación partidaria unificada sino más bien un conjunto de caciques regionales con muchas divergencias internas. Nadie sabe aún si los peemedebistas presentarán candidato propio, ya que la estrategia del partido desde la redemocratización del país ha sido mantenerse al lado del poder pero sin presentar candidatos, aprovechándose del sistema electoral brasileño, que prácticamente impide a los partidos triunfadores conseguir la mayoría parlamentaria y los obliga a buscar aliados. Y el pmdb, como buen «partido taxi», siempre está dispuesto. Algunos de los que hoy son aliados, como el psdb o el propio prb, se convertirán dentro de poco en enemigos electorales. El psdb, oposición histórica del petismo, también se enfrenta a un gran desafío interno, ya que sus tres grandes nombres, Aécio Neves (candidato presidencial en 2014), José Serra (actual ministro de Relaciones Exteriores) y Geraldo Alckmin (gobernador de San Pablo) están protagonizando una lucha fratricida por la candidatura «tucana». Parece que 2018 está lejos, pero en política los tiempos son cortos y las elecciones presidenciales tensionarán mucho la base aliada del gobierno. Veremos hasta qué punto.

La izquierda se encuentra hoy frente al titánico desafío de refundar el pt para que vuelva a acercarse a sus bases y a su programa original, para que vuelva a representar la izquierda, para que pueda representar la lucha por los servicios públicos, la lucha de las mujeres, la de los jóvenes pobres que están muriendo en las favelas y la de los colectivos más vulnerables, sin olvidar las semiperiferias que quieren seguir consumiendo porque el consumo les fue negado históricamente. Es difícil saber si el pt será capaz de esa renovación, que supone también que los caciques se aparten para que nuevos líderes más jóvenes asuman la dirección del partido. Si no, quizás emerjan otras alternativas en el eje progresista. Tal vez un frente que aglutine movimientos sociales y colectivos en torno de un proyecto político. Tal vez el psol, que se coloca a sí mismo como «la izquierda del pt» y que ha resistido la pulseada contra la Iglesia Universal por la candidatura de Río de Janeiro. Lamentablemente, el psol aún no encontró una fórmula de crecimiento electoral que le permita tener posibilidades de disputar la Presidencia o de aumentar el número de diputados. Entre tanto, crecen los discursos antipolíticos. El propio candidato victorioso a la alcaldía de San Pablo, João Doria, triunfó con campañas de marketing con el mensaje «No soy político, soy gestor». Aquellos candidatos que se presentan como «nuevos», aunque en el fondo muchos provengan de la vieja política, patrimonial y oscurantista, tienen grandes posibilidades de ganar elecciones. El número de abstenciones, votos en blanco y nulos batió récords en esta elección, en un país acostumbrando al voto obligatorio. Todas estas cuestiones son preocupantes, porque ya se sabe que los discursos de la negación de la política son muy peligrosos, pues abren la puerta a todo tipo de actitudes antidemocráticas. No hace falta ir muy lejos, basta con ver el fenómeno Trump en Estados Unidos o el del propio Bolsonaro en Brasil. Los discursos de odio se alimentan de los que niegan la política y la democracia.

Es un escenario de enormes dificultades para la izquierda brasileña, pero esta no puede quedarse lamiendo las propias heridas sin ejercer una autocrítica necesaria y sin llevar a cabo los cambios que sean precisos para que los ciudadanos brasileños tengan opciones progresistas. En un país altamente desigual, con índices de homicidio comparables a los de los países en guerra, donde todavía millones de personas no tienen derecho a una educación y una salud dignas ni al acceso a la justicia, las alternativas de izquierda son una cuestión de supervivencia para muchas personas. Lo cierto es que Brasil está pasando por un periodo conservador, de disminución de derechos laborales y de recortes sociales, mientras la izquierda está totalmente acorralada por las grandes fuerzas empresariales que siempre dominaron Brasilia. Desde que Temer asumió el poder, la agenda de retrocesos sociales es evidente. Proyectos legislativos que limitan gastos públicos, reforma de la ley laboral o de las jubilaciones son pautas colocadas en la agenda gubernamental. Además, los grupos fundamentalistas religiosos y punitivos, las famosas «bancadas de la Biblia y de la bala» en el Congreso, comienzan a reclamar el precio de su voto en el impeachment. Los proyectos de ley de reducción de la mayoría de edad penal, la derogación del Estatuto de Desarme o la criminalización del aborto ya están colocados sobre la mesa.

La única certeza es que existe un deseo de lucha por derechos en muchos sectores sociales. Mientras escribimos este artículo, más de 1.000 escuelas públicas están siendo ocupadas por los estudiantes que exigen una educación más digna. Muchos colectivos feministas se organizan para enfrentar a los grupos evangélicos fundamentalistas por su derecho a decidir sobre su propio cuerpo. Grupos negros de la periferia gritan contra el exterminio de la juventud negra, pobre y periférica a manos de la Policía Militar. Se trata de jóvenes con una gran potencia de cambio, pero que no se sienten identificados con estructuras partidarias a las que califican como obsoletas, rígidas y demasiado verticales. El desafío es poner en diálogo a la izquierda institucional con estas nuevas formas de movilización, más jóvenes y dinámicas, y pensar cómo volver a dialogar con las periferias y cómo reconstruir la confianza de la gente que hoy se siente totalmente apartada de la política.

Todas las miradas están puestas en el pt y en sus tensiones internas entre los grupos continuistas y los reformistas. Es preciso tomar medidas drásticas dentro del partido para volver a acercarlo a la sociedad y rescatar sus posiciones progresistas. Hasta ahora no se sabe si sus líderes están dispuestos a tomar tales actitudes; si prefieren salvarse a sí mismos o salvar un proyecto político que fue tan importante para Brasil.