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Brasil: la caída del PT y el ascenso conservador

El colapso del pt, cuyo proyecto era hegemónico en el campo progresista, supone el colapso de gran parte de la izquierda brasileña. Durante mucho tiempo las opciones progresistas en Brasil orbitaron en torno del partido fundado en 1980. Sindicatos y movimientos sociales quedaron bajo la sombra petista y perdieron gran parte de su autonomía, pero el pt se institucionalizó, llegó al poder y para mantenerse en él tuvo que vender su alma de partido renovador de izquierda que venía de las bases. El ejemplo más contundente de la decadencia petista es el dramático resultado de las elecciones municipales celebradas en octubre pasado. El pt perdió 61% de las alcaldías en todo el país, incluyendo los famosos reductos del «cinturón rojo» de San Pablo, como San Bernardo, donde nació como formación política con base en la clase obrera. En San Pablo, donde el actual alcalde Fernando Haddad disputaba la reelección, el postulante João Doria (psdb) no necesitó ni siquiera segunda vuelta y se hizo con el gobierno local con 53,3% de los votos. La derrota de Haddad es grave, ya que su figura representaba una posibilidad de renovación dentro del partido y era uno de los pocos nombres petistas con cierta proyección de futuro. Como en política nunca existen vacíos, hay dos principales beneficiados por esta derrota histórica: el psdb, que alcanza un nivel récord desde el año 2000 y pasará a gobernar a 24% de la población brasileña, y un gran abanico de partidos pequeños que aprovecharon los huecos municipales dejados por el pt y aumentaron todavía más la ya altísima fragmentación partidaria del sistema político brasileño. El pt ha quedado diezmado en el panorama político municipal del país y no en términos metafóricos, sino en términos numéricos bien concretos.

Un caso que merece especial atención es la alcaldía de Río de Janeiro. El candidato vencedor fue Marcelo Crivella, obispo de la Iglesia Universal del Reino de Dios y candidato por el partido que representa a esta formación religiosa-empresarial, el Partido Republicano Brasileño (prb). Crivella es sobrino del polémico obispo Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios, propietario de un imperio multimillonario que incluye numerosos medios de comunicación y acusado de diversos delitos financieros. En un libro publicado hace 15 años sobre su experiencia como misionero en varios países africanos, Crivella escribió que la homosexualidad es una «conducta maligna» y condenó a otras religiones como «diabólicas»4. El 30 de octubre venció a Marcelo Freixo, postulante del Partido Socialismo y Libertad (psol).

Este triunfo es muy significativo porque demuestra el poder que la Iglesia evangélica5, fundamentalmente en su versión neopentecostal, está ganando en Brasil, hasta el punto de que en los planes de la Iglesia Universal está conseguir el primer presidente evangélico de la historia brasileña, a pesar de que Brasil sea un Estado laico. Las primeras palabras de Crivella en su discurso de victoria fueron contra la legalización del aborto y contra cualquier posibilidad de debate en torno de la cuestión de la descriminalización de las drogas, asunto crucial para una ciudad como Río de Janeiro, donde los jóvenes negros y pobres de las favelas mueren y matan diariamente por el tráfico de drogas ilegales. La obsesión de una gran parte de los grupos evangélicos representados en el Congreso por imponer los valores de la «familia tradicional» cristiana, atropellando los derechos de la comunidad lgtb y los derechos reproductivos de las mujeres, hacen que la victoria de Crivella sea preocupante para todos los que defienden las libertades frente a los modelos moralistas y religiosos de comportamiento.

Sin embargo, es importante que la izquierda haga una fuerte autocrítica y se pregunte por qué las iglesias evangélicas tienen tanto poder en las periferias brasileñas. Estas, que originalmente eran núcleos petistas, fueron progresivamente abandonadas por el pt y por otras tendencias progresistas como el psol, un partido que dialoga con las izquierdas universitarias de clase media pero tiene dificultades para hablar el lenguaje de las grandes poblaciones excluidas. Mientras una parte grande de la izquierda queda reducida al ámbito universitario, teorizando sobre la lucha contra el capital, las iglesias evangélicas se convierten en fortísimos núcleos de sociabilidad en las periferias y su «teología de la prosperidad» se traduce en millones de votos.Por otro lado, en un momento en que el país necesita discutir sobre propuestas programáticas, la opinión pública está crispada y con poca paciencia para el debate. Brasil se está acostumbrando a vivir en un estado de catarsis continua y de permanentes interrupciones en su escaso sosiego social por «noticias bomba» en el campo político. En este estado neurótico de cosas, donde ya no hay más política de adversarios y sí de enemigos, donde parece que todos están desaprendiendo a dialogar, no hay espacio para la discusión programática ni para el debate sobre proyectos de país, modelos de sociedad y reformas necesarias. El cansancio y la frustración políticos se apoderan de una gran parte de la sociedad, que acaba atrapada por figuras populistas y demagógicas.

Puede ser el populismo jurídico del juez Sérgio Moro en la operación «Lava Jato», que utilizaba a la prensa como un elemento más de su juzgado en Curitiba; el populismo de los programas de crónica roja que millones de personas ven cada día y que asumen el discurso de endurecimiento penal como el único válido; el populismo religioso que pretende transformar Brasil en una «Jesuscracia», donde los valores familiares de los hombres y las mujeres de bien imperen, o el populismo económico que predica que en tiempos de crisis tenemos que hacer recortes en salud y educación públicas, pero sin tocar los enormes privilegios fiscales o tributarios de los ricos, claro. En un estado de cosas poco propicio para el debate, emergen figuras siniestras que representan la ultraderecha, como el ex-militar y diputado federal Jair Bolsonaro, paradójicamente postulado por el Partido Progresista, parte del «bloque de la bala», quien con sus discursos misóginos, punitivos, racistas y a favor de la libre circulación de armas se ha transformado en una figura extraordinariamente popular y ya piensa en las elecciones presidenciales de 2018.

  • 4.

    «Evangélico, creacionista y antiabortista» en Página/12, 31/10/2016.

  • 5.

    Ver Lamia Oualalou: «El poder evangélico en Brasil» en Nueva Sociedad No 260, 11-12/2015, disponible en www.nuso.org.