Ensayo

A 150 años de «El capital»

una versión del primer tomo de El capital, sino varias. […] Optar por una es sacrificar las otras (en la medida en que no coinciden con la elegida). Descartar cualquiera de ellas es desechar una etapa en la evolución dialéctica de El capital –que no brotó de la cabeza de Marx tan cabalmente formado como Atenea de la cabeza de Zeus– y renunciar al conocimiento de textos y variantes de enorme valor.36

Esta edición de El capital en ocho pequeños volúmenes, que se comenzó a editar en Buenos Aires en julio de 1975 (y se terminó de imprimir en Madrid y México entre 1976 y 1981, pues la sede argentina de Siglo xxi fue asaltada por las fuerzas represivas apenas producido el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976), fue el punto de partida de una colección llamada a alcanzar enorme significación en los años siguientes para la cultura marxista hispanoamericana: la Biblioteca del Pensamiento Socialista, que dirigió José Aricó. Fue Siglo xxi, esta casa de la entonces llamada «nueva izquierda», la que propició el trabajo editorial colectivo de tres figuras que provenían de diversas tradiciones: el anarquismo (Scaron), el socialismo (Miguel Murmis) y el comunismo (José Aricó). Scaron es un caso singular de anarquista marxólogo, una suerte de Maximilien Rubel rioplatense. Los traductores de El capital que vinieron después, como Romano y Sacristán, debieron tomarlo como referencia obligada, aunque más no fuera para discutir sus criterios de traductor y editor.

Es sabido que El capital es una obra compleja, de lectura ardua para los no iniciados, lo que ha sido admitido incluso por numerosos dirigentes socialistas y comunistas que confesaron no haber logrado pasar de las versiones resumidas. Efectivamente, fueron las versiones abreviadas del alemán Johann Most, el francés Gabriel Deville o el italiano Carlo Cafiero, por citar las más difundidas, las que circularon ampliamente en las dos últimas décadas del siglo xix y las tres primeras del siglo xx bajo el formato de los llamados «libros baratos». Con el tiempo, la mayor parte de esos resúmenes ha caído en desuso y no se reimprimen desde hace décadas. Su declive coincide con la desaparición del universo de la folletería popular y de los libros impresos en papel de diario, ofrecidos a centavos a un público lector compuesto por obreros autodidactas ávidos de aprender. Ese mundo de la cultura obrera, muy intenso en América Latina entre fines del siglo xix y primeras décadas del siglo xx, ha desaparecido. Si bien se han producido últimamente nuevos compendios como el del español Diego Guerrero, la divulgación se viene canalizando sobre todo a través de los medios audiovisuales, comenzando por el cómic y las ediciones ilustradas, pasando por el cine y llegando hasta los videos didácticos, cuya oferta en YouTube es múltiple y creciente.

Además, si la obra de Marx ha perdido a sus viejos lectores obreros, ha conquistado a otros lectores, mejor capacitados para un abordaje sin mediadores ni vulgarizadores. A partir de la década de 1960, El capital comenzó a ser abordado en forma directa por amplias franjas de la intelectualidad radical. En la medida en que su estudio exhaustivo estaba excluido de la universidad (con la excepción de Cuba, del Chile de los breves años de la Unidad Popular y de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde el seminario de El capital fue reconocido curricularmente en 1974), la forma privilegiada de abordaje que adoptaron los intelectuales fueron los grupos de lectura extracurriculares, muy difundidos en países como Brasil y Argentina. En las últimas tres décadas, el marxismo ha venido ingresando por derecho propio en las universidades latinoamericanas y se han hecho frecuentes los seminarios curriculares sobre El capital. Los estudiosos que acuden a la obra original cuentan hoy con herramientas de apoyo más elaboradas y rigurosas que las del pasado, como la excelente Guía de El capital de Marx del británico David Harvey, editada recientemente en España y difundida en América Latina.

Para comienzos del siglo xxi, cuando los centros de lectura canónica han desaparecido y la aureola de la «Biblia del proletariado» se ha difuminado, El capital conquista incluso a más lectores que en el pasado, aunque seguramente otros que los que Marx imaginaba. En abordajes acaso más profanos y menos candorosos, los lectores del presente siguen buscando en sus páginas, todavía un siglo y medio después, las claves para comprender la mundialización del capital y sus crisis. Paradojas de la traducción: mientras las versiones españolas envejecían, reemplazándose unas a otras, el texto original alemán permanecía e incluso se actualizaba con nuevas lecturas. De cualquier modo, con sus oscuros y sus claros, fue gracias a la labor acumulativa de sus traductores, acompañada por el quehacer de reconocidos editores y de ignotos tipógrafos e impresores, como hoy los lectores latinoamericanos podemos acceder a las más cuidadas ediciones de El capital en español.

  • 36.

    Ibíd., p. x.